El domingo 19 de septiembre celebramos la I Edición de las Jornadas Gastronómicas del Caldero. La sede fue el Hogar del Pescador, en San Pedro del Pinatar. El local está en el mismo edificio que aloja el Museo del Mar, a falta de que habiliten el nuevo emplazamiento, en el primer piso (ubicación extraña para un restaurante pero ese es, también, otro de los encantos).
Amblemente nos acompañaron a nuestra mesa en el comedor, decorado con motivos marineros, recortes de prensa alusivos al local y fotografías de personajes ilustres que fueron clientes. Mesa que, con acierto, era redonda; de modo que nos pudimos ver las caras durante la comida.
Tras acomodarnos, empezó el desfile de viandas que hizo las delicias del que escribe. El menú consistió, como no podía ser menos, en productos del mar; como entrantes, sendos platos de mojama y hueva en salazón que devoramos con fruición. San Pedro tiene fama de trabajar bien el salazón y quedó demostrado una vez más. De segundo disfrutamos de otros dos platos de pulpo al horno. Tierno y jugoso (en otros sitios lo hornean en exceso, quedando algunos trozos muy secos), no quedó ni un solo trozo por el que pelearse (cómetelo tú; no, tú, que es tuyo...). Todo ello regado con cerveza y tinto de verano.
Pero vamos a lo que importa: el Caldero. De todos es sabido que cocinar un Caldero muy bien es patrimonio de muy pocos. Como todos los arroces (conste que no soy muy arrocero, salvo el caldero, arroz a banda, al horno y con leche; la paella como tal no me gusta mucho), para que esté bueno tiene que estar en su punto de cocción. Si está duro, malo; si está demasiado cocido se hace una pasta en la boca y no se disfruta. Y de la sal ni hablemos...
En todos los restaurantes ribereños del Mar Menor, cada cocinero tendrá su estilo a la hora de cocinarlo, unos lo lo servirán más cocido; otros más entero, usarán un caldo más sustancioso o menos... En el caso del Hogar del Pescador, diré que es de los más equilibrados que he probado: en su punto de cocción y soltura, excelente de sabor (a veces saturan el paladar), y con el tiempo de reposo perfecto para que terminara de absorber el caldo de pescado.
El pescado acompañante se dejaba comer sin mayores problemas, sin necesidad de "operarlo" para eliminar espinas.
Nada mejor para terminar la comida que una selección de postres de la casa (pijama le dicen. Por pijama entendía el postre típico de las bodas de los 80 de melocotón y piña en almibar).
Buen provecho.
P.D. La próxima vez "asaltaremos" la bodega.
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